La triste realidad del Covid-19 nos tiene mal Por : Ítalo Urdaneta

Hoy, sin deseos de que nos vean como víctima o como una persona deprimida, o que se yo, como quiera que sea, quiero romper con el esquema de los consecuentes escritos que me permito presentar, cada vez que puedo, o el ingenio me lo permiten, con esta nueva entrega , que de verdad, no se como calificarla o si está encuadrada en algún contexto.
Lo que si puedo decir, desde lo más profundo de mi alma, nació de manera espontánea e impulsiva redactar lo que hoy les presento, ante la grave situación que estamos viviendo producto de esa infamia enfermedad (Covid-19) que está acabando con medio mundo, sin que hasta ahora veamos un claro remedio para impedir que tantos compatriotas estén partiendo prematuramente.
Les juro por lo más sagrado que al empezar a escribir estas líneas mis lágrimas corren libremente por mis mejillas. ¿Qué estoy deprimido? No lo se. ¿Asustado?. Tal vez, como sería lógico estarlo, sobre todo cuando vemos que cada vez se estrecha más el cerco que nos hace indicar, Dios quiera que no, que la hora, al parecer, está cerca.
No puedo negar que tengo familiares padeciendo el mortal virus. Meses antes dije, a través de otro escrito, que nueve consanguíneos estaban a punto de perecer en EE.UU, solos y sin asistencia médica, en sus propios hogares, pero que afortunadamente vencieron la enfermedad. Hoy otra hermana mayor, con dos de mis sobrinos, ya adultos, pero esta vez en mi país, también se debaten, en los centros hospitalarios de Yaracuy, luchando por la vida, a diferencia de la triste realidad que se vive en el imperio. Sin duda, hay una gran diferencia de vivir en el primer país potencia del mundo, o cohabitar en una nación, por demás asediada y perseguida, que se preocupa por sus ciudadanos enfermos, sin que tengan que pagar un solo centavo.
En nuestra condición de periodista no solo venimos abogando para que se preserve la paz en el país, que lleguemos definitivamente a un diálogo que nos permita reencontrarnos, que coadyuve, como dijo el gobernador de nuestro estado, la sensatez y el entendimiento, todo en aras de sacarnos ese odio y esas frustraciones que llevamos tan adentro.
También hemos pedido, encarecidamente, a veces con un tono altisonante, y pido disculpas por ello, que respetemos las normas de seguridad para impedir que la pandemia se siga esparciendo por todas partes, como está ocurriendo en esta segunda oleada, causando por demás preocupación, angustia y dolor.
El relajamiento, al parecer, nos ha invadido también como una epidemia mortal. La ciudadanía en general ha confundido la libertad plena que el gobierno dispuso durante todo el mes de diciembre, para el disfrute de unas navidades en familia, irrespetando las normas de bioseguridad. Al parecer la mano dura, el palo y la peinilla, tendrán que entrar en vigor para contener los abusos desenfrenados que se notan a diario por las distintas ciudades y pueblos de todo el país.
Los centros hospitalarios del estado Mérida, por ejemplo, según se asegura en las redes sociales, están colapsados, pero igual pasa, y con más razón, en el Táchira, por ser zona fronteriza, desde donde nos llegan, inequívocamente, la mayoría de los casos contaminados con el virus.
A través de imágenes también hemos visto que en Colombia, específicamente en Cúcuta, los cadáveres ya se cuentan en los centros hospitalarios por docenas, sin que se vea una estrategia razonable para evitar que esto siga ocurriendo.
Alguien, desde San Cristóbal, colgó en las redes un audio pidiendo encarecidamente que si usted tiene algún familiar, amigo o un conocido que piensa viajar hacia la frontera, que lo impida, pues de seguro se contagiará, sin que esté asegurado que lo puedan atender, como se lo merece, en algún centro hospitalario de esa región.
En Yaracuy hemos visto, a pesar que en esta entidad se asumió al principio un control rígido y ejemplarizante, para impedir la pandemia, que ya han fallecido un sin número importante de compatriotas, entre ellos muchos conocidos, incluso, de dilatada trayectoria, haciéndonos sentir, por que no decirlo, asustados, angustiados, y compungidos, porque ni siquiera se puede ir a la exequias para cumplir con el pésame.
En los actuales momentos un joven luchador, dinámico, identificado con las corrientes populares, que acaba de ser electo diputado de la República, por esta entidad, se debate entre la vida y la muerte, según hemos podido apreciar también en las redes, pidiendo cadenas de oración por su pronta sanación.
Algunos se molestan, entre ellos familiares cercanos, que hagamos las advertencias de lo grave que está ocurriendo con el coronavirus. Se nos dice que esos mensajes los angustia más, pero lo grave de todo es que uno nota que no se están tomando las previsiones correctas para impedir el contagio, de allí que insistiremos con los llamados para que se respeten las medidas de bioseguridad, así nos llamen fastidiosos o vulgarmente hablando ladillas.
Aún cuando no sentimos conmovidos, afectados indirectamente, y quizás asintomático de algún otro padecimiento que tiene que ver con la psicología o la psiquiatría, no perdemos la fe y le esperanza que el remedio llegue pronto para enfrentar la pandemia, sobre todo porque nos mantenemos aferrados al Poder Divino, a Dios, al Todo Poderoso, que de seguro extenderá su mano para aliviarnos de tantas angustias, tinieblas y dolor, más temprano que tarde.
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